La Herida
Me sudaban las manos, aunque las tenía congeladas. Las voces provenientes del televisor se habían transformado en meros murmullos, pese a que me encontraba sentada en el sillón frente a él. No podía dejar de mirarme las manos. No hacía mucho me había ido a arreglar las uñas, aun así, al ras de la cutícula del dedo índice, divisé un trocito de piel que apuntaba hacia el techo y que le daba a mi mano un aspecto descuidado, enfermizo. Comencé a escarbar con mi otra mano, hasta que el pedacito de piel se despegó un poco más, y luego otro poco. Entonces, cuando ya era lo suficientemente grande, agarré la punta con mis dientes y con un brusco movimiento de cabeza, tiré de él hasta que me hice sangrar y el dolor me impidió seguir.
Solté un grito y me miré el dedo. Sangraba desde el inicio de la uña hasta el nudillo, y el trocito de piel, que ahora era más bien una tirita, colgaba hacia un costado. Algunas gotas de sangre cayeron sobre mi vestido, que afortunadamente era rojo, y yo me puse de pie, con la mano alzada y las piernas temblorosas.
Me dirigí a la cocina, abrí la canilla y puse el dedo debajo del chorro de agua fría. Me sequé y cubrí la herida con una servilleta al tiempo que buscaba el cortaúñas. No estaba en el baño, ni con mis maquillajes, tampoco en el cajón de la mesa de luz. Entonces, volví a mirarme la mano. Tomé la delgada tira de piel y tiré de ella. Solté otro grito, esta vez acompañado de una lágrima. No logré arrancarla y ya no me atrevía a volver a intentarlo.
Entonces llamaron a mi puerta. Puse la mano herida detrás de mi espalda. La servilleta, ahora teñida de rojo, la cubría, pero supe de inmediato que mi vestido no quedaría libre de manchas. Al abrir la puerta me encontré de lleno con los rostros de mi mejor amiga y su marido. Me pasaron sus abrigos mojados y sus paraguas e intentaron darme un abrazo.
Nos sentamos a la mesa. Los platos y el vino ya estaban servidos. Ellos se sentaron frente a frente, y yo, a la cabeza. Me contaron de su matrimonio y de su luna de miel, mientras yo me esforzaba por cortar los canelones con una sola mano, usando un tenedor en vez de cuchillo. Hubo una pausa y mis oídos captaron de inmediato el sonido de las gotas de sangre, que se lanzaban dedo abajo y se reventaban sobre las baldosas. El mantel me impedía ver con claridad, pero cuanto tuve la oportunidad de lanzarle una mirada al piso, me pareció ver que se había formado un charco entre mis pies. Casi dejé escapar un quejido cuando comencé a tantear la herida con el pulgar y noté que la piel se seguía desprendiendo, y que lo hacía con aún más velocidad cuando yo la empujaba hacia atrás con la yema del dedo.
―Pero no vinimos a hablar de eso. ―La voz de mi amiga me agarró desprevenida. Ella posó su mano sobre la mía, con la que intentaba cortar el canelón―. ¿Y tú? ¿Cómo estás?
―Yo estoy bien. ―Noté que su marido me miraba con los ojos entrecerrados y una sonrisa torcida que, si bien era genuina, me pareció burlesca―. ¿Qué?
―¿Qué estás escondiendo allá abajo?
―Nada.
―¿Segura? Muéstranos tu mano.
―¿Por qué?
Mi amiga soltó un suspiro y estiró uno de sus robustos brazos hacia mí. Primero me agarró del codo. Yo intenté echarme hacia atrás, pero el respaldo de la silla me impidió escapar de su mano regordeta. Luego, tomó mi muñeca y me obligó a asomar la mano por arriba de la mesa. Por un momento, los dos se quedaron en silencio, examinando cada rincón de mi mano y antebrazo.
―¿Qué estoy buscando?
No fui capaz de articular sonido alguno. La sangre había desaparecido, y dónde antes colgaba el trozo de piel, ahora no había siquiera un rasguño. El dolor, que seguía presente, provenía de la cutícula, muy cerca de la uña, sobre la cual sobresalía una pequeña pelotita de sangre. Diminuta, más bien. Insignificante.
―No sé ―respondí, finalmente.
Nos pasamos toda la cena hablando de cuán inapropiado había sido su comportamiento. Mi amiga culpaba a su marido, decía que su pregunta había sido engañosa. Él se defendía diciendo que solamente había tenido curiosidad porque le pareció que yo escondía la mano, y que nadie la había obligado a ella a agarrarme así. Ambos coincidían en que estaban muy arrepentidos.
Yo los miraba y movía la cabeza de arriba abajo. Lo único que quería era que me dejasen sola para volver a examinar la herida. Pero ellos no tenían intención alguna de irse todavía y yo no me atrevía a mirar. Tenía la certeza de que esta vez, la herida sería incluso más grande que las veces anteriores, y que el trozo de piel seguiría allí, hecho un nudo o tiritando como si tuviese vida propia.
El marido de mi amiga se encargó del postre. Primero trajo las frutillas y los pocillos. Luego, fue por el chocolate derretido. Cuando venía de vuelta de la cocina, se quedó varado bajo el marco de la puerta, mirando a mis pies.
―¿Qué pasó?
―Se te cayó la servilleta ―seguía sin despegar los ojos del suelo, justo debajo de mi asiento―. ¿Por qué tiene sangre?
―¿Sangre? ―se extrañó mi amiga y se puso de rodillas, pero yo fui más rápida y la levanté antes que ella.
Alcé mi mano a la altura de los ojos y me obligué a posar la vista sobre la herida. El trozo de piel seguía colgando, aunque no había pasado el nudillo como yo había creído, ni siquiera estaba cerca de la primera coyuntura. No era una herida grande, pero sí profunda y cada vez que yo le limpiaba la sangre con la servilleta, ésta volvía a aparecer.
―A ver, ¿Qué tienes ahí? ―mi amiga volvió a agarrar mi mano en contra de mi voluntad, aunque esta vez lo hizo con más delicadeza. Cuando tuvo la herida frente a sus ojos añadió, con una mueca de dolor―: ¿Cómo te hiciste eso?
―No sé ―respondí.
Ella buscó el alcohol y el algodón y me obligó a ponérmelo sobre la herida, mientras que su marido se encargó de tirar la servilleta a la basura y traerme una nueva. Tras ponerme un parche regresamos a la mesa y seguimos tomando vino, ahora con unos quesos. Por primera vez, en toda la noche, no volví a pensar en la herida. Por fin pude prestar atención a sus historias, había olvidado que a veces me hacían reír.
Pasada la medianoche, anunciaron su partida.
―Cualquier cosa que necesites, llámanos ―me dijo ella al despedirse―. Y trata de no pensar demasiado.
Sin sus voces, el rasguido del parche al rozar la puerta de madera pareció amplificarse. Solo por curiosidad, para asegurarme de que nada le había pasado al parche, decidí echarle un vistazo a mi mano. Pronto me di cuenta de que la tenía casi encima del rostro. Entonces noté que en el dedo del medio, al ras de la cutícula, había un trocito de piel que sobresalía. Comencé a escarbar con mi otra mano, hasta que el pedacito de piel se despegó un poco más, y luego otro poco. Cuando ya era lo suficientemente grande, agarré la punta con mis dientes y tiré de él.



